Influencia de Mallarmé en la poesía colombiana*

Por: Miguel Páez Caro, Consejero Departamental de Literatura del Tolima 

*Artículo perteneciente a la investigación sobre el Modernismo colombiano, publicada en 2009 por la Escuela de Estudios Literarios de la Universidad Pontificia Bolivariana.

El Modernismo fue un movimiento literario que surgió no sólo como respuesta a una coyuntura histórica. Fue sobre todo el resultado de una búsqueda de renovación lingüística, que llegó de Europa a través de poetas como Baudelaire, Mallarmé y Rimbaud. Como dice José María Valverde, “El modernismo no interesa sólo por sus cualidades y virtudes intrínsecas sino porque inaugura una nueva situación de toda actividad literaria en lengua española”, razón por la que analizar su origen resulta esencial para entender las claves de la poesía colombiana.  

Los poetas que abren la puerta al Modernismo (poetas como Del Casal, Martí, Silva, Gutiérrez Nájera), así como los de la consolidación (Rubén Darío, Guillermo Valencia, Amado Nervo, José Santos Chocano, Julio Herrera y Reissig, etc.) son simbolistas que buscan sonoridad diferente en el idioma castellano. Poetas que hacen del acto de escribir un taller en el cual se plantean nuevos ritmos, nuevos metros, nuevos temas, que, aunque ya existentes en otras literaturas, eran extraños en Hispanoamérica.

En Colombia el Modernismo surgió como respuesta a la poesía romántica, aunque, más que ruptura, se trata de una búsqueda de temas comunes por caminos lingüísticos diferentes. “El modernismo —dice Valverde— es el punto extremo del romanticismo, en cuanto que, en la búsqueda de la sinceridad y la espontaneidad, desciende a la raíz del lenguaje”.

Los románticos aman la libertad, lo legendario y, en gran medida, los temas históricos y patrióticos. El Modernismo, por el contrario, insiste en la búsqueda de una poesía sonora, rítmica, que imite las mismas cadencias vitales, característica que lo aproxima al movimiento parnasiano. Además, hace apología de lo exótico y lo simbólico de la creación poética, característica que lo enlaza con el simbolismo.

En este sentido, el surgimiento del Modernismo se debe, en cuanto al elemento estético, a estas dos corrientes: el parnasianismo y el simbolismo. Como dato adicional tenemos que ninguno de los citados modernistas viajó a Francia, sino que la influencia de la poesía de este país se dio a partir de lecturas y traducciones[i].

Muchas de las antologías poéticas e historias de la literatura presentan al parnasianismo y al simbolismo como un mismo movimiento surgido a mediados del siglo XIX en Francia. En realidad, el parnasianismo tenía características propias que fueron las que, además de diferenciarlo del simbolismo, sirvieron de fuente para la estética de la poesía hispanoamericana. Javier Arango Ferrer afirma que “los afiliados a dicha escuela (el Parnasianismo) fueron, ante todo, artífices del lenguaje”, mientras que los simbolistas se inquietaban por “la música pura de la poesía, más allá de la fonética, en los dominios del otro yo, donde viven los sueños y los presagios”.

Como pertenecientes al parnasianismo figuran Leconte de Lisle (1818-1894), el franco-cubano José María Heredia (1842-1905), y Teophile Gautier (1811-1872), quien en el poema “El Arte” presenta el manifiesto de la escuela parnasiana. Arango Ferrer, hablando de la influencia de este poema sobre la poesía modernista colombiana afirma que “debió venirle de perlas” a los modernistas, sobre todo a Guillermo Valencia.

Por otra parte, Sully Prudhome (1837-1907) representa el sentir filosófico del parnasianismo. Mientras Gautier sostiene una defensa del “arte por el arte”, Prudhomme postula el “deseo de hacer entrar en el dominio de la poesía las maravillosas conquistas de la ciencia”. Recordemos que la preocupación por una actualización filosófica, propia de algunos parnasianos como Prudhomme, fue una de las constantes, no sólo en el Modernismo, sino también en los decadentistas y post-modernistas. Ejemplo de ello en Colombia, además de Carlos Arturo Torres, fue Baldomero Sanín Cano.

En el caso de Carlos Arturo Torres (1867-1911), en su poema “Némesis” manifiesta la posición filosófica del parnaso colombiano: “Y Némesis habló —de las tinieblas / y el dolor de los hombres he nacido...”. Este poema, catalogado como el “poema filosófico de Torres”, deja claro hasta qué punto el parnasianismo francés ejerció influencia sobre los modernistas.

Al respecto afirma Valverde: “Más parnasianismo decorativo y pictórico que simbolismo, de ambigua profundidad abierta a una lectura incluso filosófica”, frase que define la postura filosófica de Torres.

Dado lo anterior, el simbolismo trata de recobrar lo que el Parnaso había desechado. Es decir, el problema del hombre y su encuentro con el mundo. El poeta que da origen al movimiento es Baudelaire (1821-1867), quien en “Las Flores del mal” aborda los sentimientos humanos de manera simbólica.

Como dice Silva-Santisteban:

 

El espíritu de Baudelaire está teñido no sólo de su fama de liberador estético, o de fundador de una nueva estética, sino además del de artífice del verso que lo lleva a la perfección de un momento de desgaste en que las aspiraciones del romanticismo habían devenido estériles y en que las tentativas de los parnasianos, antítesis de los románticos, carecían de la profundidad espiritual y carnal necesaria para producir ese frisson nouveau al que Hugo aludía, refiriéndose a Les fleurs du mal, característico de la poesía contemporánea. 

 

Sin embargo, la divulgación del estilo simbolista se debe principalmente a Mallarmé (1842-1898), “quien recibe de Baudelaire el espíritu de la Modernidad”. Su poesía “más sugerente que narrativa”, está cercana al Modernismo en tanto búsqueda de una armonía musical desconocida por los poetas anteriores:

 

La lune s´attristait. Des séraphines en pleurs

Révant, l´archet aux doigts, dans le calme des fleurs

Vaporeuses, tiraient de mourantes violes

De blancs sanglots glissant sur l´azur des corolles

—C´était le jour béni de ton premier baiser[ii].

 

En un párrafo sobre lo específico de la obra de Mallarmé, dice Silva-Santisteban que las principales características de su poesía son: “distanciamiento de los objetos, adormecimiento, embriaguez y ensoñación, idealidad y alejamiento del mundo físico y apetencia cósmica del universo”. Al igual que Baudelaire, Mallarmé sucumbió ante las “ideas severas” de Poe, a quien llama “gran maestro”.

Así es como el poeta de Un coup de des termina convirtiéndose en figura predilecta del Modernismo, por ser abanderado de un nuevo arte, fundador de “la estética del futuro”[iii].

Verlaine (1844-1896), cercano al Parnasianismo por su acendrado antirromanticismo[iv], es reconocido principalmente por el elemento técnico de su poesía. El sonido de su poesía es por lo general más importante que su significado. Ejemplo de ello es el poema “Arte poética”.

De las diferentes etapas que vivió Verlaine en su trayectoria como poeta y como ser humano —la búsqueda simbolista, su reconversión al catolicismo y la accidentada relación con Rimbaud—, los modernistas optaron por quedarse con el aspecto simbólico. El aporte de Verlaine en este sentido es valioso para la literatura hispanoamericana, la cual se caracterizó, durante el Modernismo, por un vínculo más estrecho con los aspectos formales que con la profundidad temática.

La figura máxima del simbolismo, y quizá uno de los poetas al que más le debe la poesía modernista, es Jean Arthur Rimbaud (1854-1891). Es extraño que un crítico como Javier Arango Ferrer ni siquiera nombre al genio precoz de la literatura. Anderson Imbert lo cita sólo superficialmente. José María Valverde, por su parte, le reconoce un espacio entre los más influyentes, aunque advierte que Rimbaud brilla por su ausencia en todos los estudios sobre Modernismo.

Destaca en su poesía la voz personal del diálogo con el inconsciente:

 

Y todavía en la vida! —¡Si la condenación es eterna! Un hombre que desee mutilarse está condenado. ¿No? Yo me creo en el infierno, por tanto estoy allí. El catecismo se cumple. Soy esclavo de mi bautismo. Padres, ustedes hicieron mi desventura y la de ustedes. ¡Pobre inocente! El infierno no puede atacar paganos—. ¡Y todavía en la vida! Más tarde, las delicias de la condenación serán más profundas. Un crimen, pronto, que me despeñe a la nada, según la ley del hombre.

 

Y la experimentación rítmica del verso y las palabras:

 

Mes faims, tournez. Paissez, faims,

le pré des sons.

Attirez le gai venin

Des liserons*.

 

Rimbaud, quien había bebido en la poesía de Baudelaire, termina convirtiéndose en emblema de la nueva poesía simbolista. Además, hay otro rasgo que lo une con los poetas del Modernismo: la inquietud sobre la muerte, el infierno y el inconsciente, constante que será evidente en el propio Barba Jacob. Alain Borer comenta que “Las Iluminaciones”, la obra magna de Rimbaud, debe ser considerado uno de los textos fundadores de la modernidad. El mismo Rubén Darío evocará la gran figura de Rimbaud en el libro “Los Raros” (1893). Sin olvidar las palabras del historiador José María Valverde cuando advierte que de todas maneras “hay que ser cautos en cualquier estudio sobre el influjo francés en el Modernismo”, se debe reconocer que parnasianismo y simbolismo son, como corrientes que llegaron de París a través de lecturas y de la moda cultural apetecida por los poetas hispanoamericanos, una gran influencia. Tampoco se puede refutar la idea referente a la madurez cultural que toda esta síntesis provocó sobre el espíritu hispanoamericano. Esta conclusión es importante por cuanto los poetas colombianos del siglo XIX, como es el caso de José Asunción Silva y Porfirio Barba Jacob, reflejan con su lírica que ellos eran síntesis de una época y sus circunstancias culturales, las cuales habían derivado en una “ruptura” más radical y en formas líricas más simbolistas.

 



[i] Sobre el conocimiento que los primeros modernistas tuvieron de Francia, dice Valverde que Gutiérrez Nájera, Del Casal y Martí nunca estuvieron en Francia ni hablaron el francés, y Rubén Darío estuvo en París mucho después de la publicación de sus Prosas Profanas, el texto clave del primer modernismo y fuente de análisis de la evolución poética del nicaragüense. Por ello es que Valverde afirma: “el estímulo francés fue ante todo y sobre todo por lecturas”.

[ii] La luna se afligía. Serafines en lágrimas / -en la clama soñando de flores vaporosas- / con el arco extraían de las violas murientes / sollozos deslizándose sobre azules corolas. / -Era el día bendito de tu beso primero” .

[iii] Esa “estética del futuro” es evidente en el poema L´aprés-midi d´un faune, obra cuya armonía y musicalidad, así como su imaginación, le otorgan puesto especial dentro de la poesía moderna.

[iv] Ver el poema Fiestas galantes.

La Comedia de Dante o la inmortalidad de la poesía.

Cali, 22 de junio de 2024

Por: Miguel Páez Caro, Director de Relata Ibagué.

Le preguntaron a Borges en una entrevista para el diario Paese Sera de Roma cuál era el mejor libro. “El Libro de los libros es La Biblia, a pesar que no soy católico y tampoco cristiano"[1]. Estas palabras confirman la devoción que sentía Borges por los libros.

El fervor de Borges por La Biblia nos remite a otro episodio en el que habló sobre su conocimiento de la Comedia de Dante Alighieri: “De mí sé decir que soy lector hedónico; nunca he leído un libro porque fuera antiguo. He leído libros por la emoción estética que me deparan y he postergado los comentarios y las críticas. Cuando leí por primera vez la Comedia, me dejé llevar por la lectura. He leído la Comedia como he leído otros libros menos famosos”[2]. Estas palabras, pronunciadas en el Teatro Coliseo de la ciudad de Buenos Aires, integrarían la primera conferencia del libro Siete Noches, publicado por Borges en colaboración con Roy Bartholomew.

Gracias a la lectura de ese texto del viejo Borges, acontecimiento que me sucedió a comienzos de 2003, decidí leer la Comedia y aguardar lo que viniera. El resultado fue, además de la emoción de la que ya hablaba Borges, la escritura de un relato.

Hay cuentos que se escriben solos. Ese podría ser el caso de La primera pieza del Tesoro, el relato que surgió gracias a la lectura de la Comedia de Dante. Un relato ceremonioso y ampuloso. No recomendable y por suerte olvidado. En él intenté mezclar hechos fantásticos y reales. Hasta ahí nada nuevo. El relato tenía un propósito: revelar el título de la obra que más influyó en la vida de un hombre, hombre que bien podía ser Borges o cualquier fervoroso lector.

La trama del relato muestra a un individuo (el narrador) que, para acceder a un supuesto tesoro, va descifrando una serie de claves las cuales resultan ser los libros predilectos del dueño del tesoro. El protagonista (el dueño del tesoro) es un hombre que confesó en vida una notable afición por los libros y la música, en especial la de Bach y Beethoven. El protagonista está basado en una persona real. Eso es lo que muestra la superficie del relato.

Como afirmaba Ricardo Piglia (1941-2017), un cuento siempre cuenta dos historias. El cuento clásico narra en primer plano la historia 1 y construye en secreto la historia 2. El arte del cuentista consiste en saber cifrar la historia 2 en los intersticios de la historia 1. Un relato visible esconde un relato secreto, narrado de un modo elíptico y fragmentario.

Teniendo presente la teoría de Piglia, intenté dar a entender que los verdaderos protagonistas son los libros. Sin embargo surgió un obstáculo: sentí que estaba violentando la libertad del lector, llevándolo con el ritmo de la narración hacia la afirmación de un elemento subjetivo que podía ser interpretado como la imposición de una creencia personal o como un fetichismo de bibliófilo.

¿Cómo eludir tal arbitrariedad?, me pregunté al acertar con el primer final del relato, el cual revelaba el título de aquella obra que, según los juicios adjudicados al hipotético lector protagonista del relato, merecía ser la Primera pieza. Estaba claro que al dar a conocer en la trama once de los doce títulos que componían la serie del tesoro, el lector acucioso concluiría –dado que se trataba de obras clásicas de las que uno se encuentra en cualquier lista de internet– que la primera pieza era sin duda la Comedia de Dante, el libro comentado y elogiado por Borges.

Deseoso de no llenar de basura la imaginación del lector, reescribí el final. Incluí en este segundo intento el título Comedia, el cual había omitido en el primer final. El lugar ahora adjudicado era el segundo, dejando vacía, como en el desenlace original, la primera ficha de la serie. Un poco más satisfecho con lo que quería obtener, le di a leer mi relato a un amigo. Me lo devolvió con la siguiente frase: “es llamativo para el que le gusta la lectura, pero no es un relato, el final es pobre”.  

El experimento, como se observa, no fue satisfactorio. Escribir un relato en el que se quiere alabar una obra literaria es una aventura arriesgada. Yo quería juntar dos historias en una sola: el enigma sobre la muerte de un hombre real y mi devoción por un libro. La literatura no son solo buenas intenciones. Pero del experimento surgió una lección: la Comedia de Dante es uno de los libros que más impresión me han producido. Ese hecho es innegable. Por suerte la obsesión por el relato quedó relegada. Entonces me di a la lectura de comentarios sobre la obra de Dante. Encontré elogios maravillosos, a veces exagerados, que en ese momento me satisfacían. Si los leyera hoy, dudo que suceda lo mismo. Alguna enseñanza quedó para mi experiencia como lector que sirve como testimonio para otros lectores.

 

La Comedia de Dante frente a la crítica

Según el traductor argentino Bartolomé Mitre, especialista en la Comedia, Carlyle (1795 – 1881) dijo de este libro que es el más sincero de todos los poemas, que salido profundamente del corazón y de la conciencia del autor, ha penetrado al través de muchas generaciones en nuestros corazones y nuestras conciencias. Se dice que Humboldt (1769 – 1859) reconoció a Dante y a su gran poema como al creador sublime de un mundo nuevo que ha mostrado una inteligencia profunda de la vida de la tierra, y que la extremada concisión de su estilo aumenta la profundidad y la gravedad de la impresión. El mismo Mitre, después de haber adelantado la colosal tarea de estudiarlo por cuarenta años, afirmó que su espíritu flota en el aire vital y lo respiran hasta los que no lo han leído. El poeta y político británico Macaulay (1800 – 1859), gran lector de Dante, aseguró en una carta sobre la Comedia que era “prodigiosamente superior a lo que había imaginado” (prodigously superior to what I had imagined); y tiempo después agregó que “supera a la mayor obra de imaginación que haya aparecido desde los tiempos de Homero”. Leopardi (1798 – 1837) declaró que “en aquellas profundidades excavan los siglos y encuentran siempre nuevas inspiraciones y nuevos pensamientos”. No todos los juicios sobre la Comedia son optimistas. Escritores como Flaubert y Voltaire juzgaron que su excesivo universalismo iba en detrimento de la poesía popular.



Centro de las opiniones de grandes pensadores desde el mismo momento de su publicación y de largos debates alrededor de sus alegorías, hoy constituye una de las cumbres de la literatura. Dante Alighieri, el autor, es considerado el primer poeta moderno, ya que nadie antes de él había descrito en primera persona el itinerario de su vida; ningún poeta había sido el protagonista de su literatura.

Injusto es reducir un libro como la Comedia a citar elogios y disputas. ¿Qué me quedó como lector? Lo primero es la acción acaecida en el Canto IV del Infierno. En ocasiones dicho episodio pasa desapercibido o es juzgado como un acontecimiento menor al lado de otros como el relato del último viaje de Ulises, la historia de Paolo y Francesca, el caso del devorador Ugolino o la procesión en el Paraíso.

Lo primero que se narra al inicio del Canto IV es que Dante cruza el río Aqueronte y se encuentra inmerso en un hondo sueño. Apenas empieza el itinerario a través de los círculos del Infierno, la acción queda sujeta a las imágenes que el poema quiere hacernos experimentar respecto de un paisaje al que, por nuestra condición de seres terrenales, somos ajenos.

De repente un trueno lo despierta y descubre que ha arribado al mismo borde del valle doloroso que acoge el trueno de infinitos ayes. Profundo y nebuloso era y oscuro[3]; es decir, ha arribado al primer círculo, sitio en el que moran las almas cuyo único pecado —según declara Virgilio— es haber nacido en una época anterior a Cristo o no haber cruzado por la puerta de la Fe (no haber recibido el bautismo cristiano).

El círculo es el Limbo. La curiosidad (o quizá la conmoción producida por las lágrimas y los lamentos de las almas allí cautivas) lleva a Dante a inquirir si alguna de ellas ha salido de aquél recinto por su propio mérito. A lo que Virgilio responde que muchos han sido salvados (Adán, Abel, Abraham, Jacob, Moisés y otros personajes de la historia de la salvación) por intervención del Poderoso (título que recibe Jesús en el Infierno, ya que su nombre no puede ser pronunciado).

Dante quiere desde el inicio presentar el infierno bajo el aspecto de una pesadilla. Pareciera como si no hubiera despertado del hondo sueño o que él mismo no se acostumbrara todavía a la atmósfera del camino que están siguiendo sus pasos:

 

“…que íbamos por la selva todavía, selva, digo, que de almas se formó. Aún no era muy larga nuestra vía de acá del sueño…”[4]

 

Y mientras confirma que por fortuna no se encuentran muy lejos del lugar por el que han ingresado, un gran fulgor en forma de hemisferio ilumina el limbo. ¿Qué significan esas imágenes góticas?, nos preguntamos a medida que reconocemos, junto con el poeta, que cada vez se aleja más el mundo de los vivientes.

Debió haber imaginado Dante, en la descripción de aquel exótico entorno, que era necesario mostrarnos el limbo, no con los angustiantes horrores que reflejarán en adelante los otros círculos del Infierno, sino como una suave somnolencia (más cercana del duermevela que de la lúgubre morada de Lucifer) pero tornándose poco a poco más profunda y apocalíptica.

Se ha hablado muchas veces de la diferencia que existe entre las literaturas orientales y las de Occidente. Aquellas, se dice, suelen representarnos la realidad como si se tratara de pesadillas, por lo que su lectura produce en la mente un choque.

Al leer episodios como el descrito en el Canto IV, sentimos que tales juicios brotan de una apreciación superficial o de la ceguera con que se ha analizado, en algunos casos, la literatura occidental. Dante pone de manifiesto (a medida que avanza el viaje por el infierno) que las dimensiones de la fantasía no son exclusivas de un determinado modo cultural; que las pesadillas y los sueños, imágenes con las que él describe su experiencia en el infierno, son el material predilecto de la imaginación.

 

El encuentro con los cuatro poetas

El gran fulgor es el aviso de un acontecimiento esencial en el destino del poeta: la aparición de una muchedumbre de personajes a los cuales aún no logra identificar, pero en los que intuye el llamado a las cosas del espíritu, a la poesía.

Debió suceder igual en la vida de Dante: la revelación del arte literario y del amor representado en Beatriz fue el gran fulgor que le permitió salir de las sombras del sueño de la vida para ir en busca del mundo superior. Dante se dedicó a escribir versos pero ignoraba si sus palabras influirían en el destino de otros o en la historia. Un hecho es evidente: A partir del acto poético la vida se transforma.

Homero fue considerado siempre cercano a los dioses. Al poner en entredicho su existencia se le otorgó la condición de dios. Hombre o deidad, su figura es el paradigma del verdadero poeta cuyos versos transfiguraron su condición terrena en una substancia superior.

Dante, al tomarlo como modelo, nos revela que su esperanza es salir de la selva oscura por donde ha transitado. Por ello se decide a cantar al Amor (la perfección de Dios) diciendo de Beatriz (modelo de toda belleza) lo que de mujer alguna se había dicho[5].

Esa declaración profunda y vital se manifiesta en el encuentro con los cuatro poetas: Homero, Horacio, Ovidio y Lucano. El motor que mueve los sentimientos del poeta es el Amor (Beatriz). Pero, ¿cuáles son los modelos poéticos en los cuales apoyarse para crear una música que supere el habla ordinaria?

El paradigma de la vida de Dante fue la obra de Virgilio. En ella el torbellino interior encuentra un remanso de lucidez espiritual. Virgilio no es sólo modelo de poeta. En él muchas personas del medioevo descubrieron al virtuoso, al erudito e incluso al sabio.

Virgilio, el personaje que conduce a Dante por el Infierno y el Purgatorio revelándole muchos misterios, se convierte en modelo de hombre: hacia ese espíritu superior es a quien primero levanta su mirada el que ansía cantar al Amor. 

Podría pensarse que Virgilio es quien satisface el ideal poético y existencial del discípulo. Por el contrario, Dante hace que en ese primer Círculo el ideal se amplíe a los grandes poetas del mundo clásico: Homero, Horacio, Ovidio y Lucano. Intuimos que no se trata de una simple referencia a lo que se consideraba normal. Al ponerlos en medio de los ilustres poetas, indica que también esos personajes tuvieron honda influencia en su quehacer poético.

Se sabe que Dante leía con fervor a Horacio y a Lucano. A Ovidio llegó a imitarlo. En el caso de Homero sólo conocía referencias indirectas (para aquél tiempo Homero no había sido traducido a la lengua toscana y Dante desconocía el griego). 

Resulta revelador que la admiración por la obra de Homero estuviera cimentada en una intuición personal que lo hacía adivinar en el vate griego el modelo de todo poeta. Homero había sido el fundamento de la obra de Virgilio: si Virgilio era la máxima creación de Homero, Dante aspiraba ser la máxima creación de Virgilio.

¿Aguardaba el poeta encontrar a los cuatro compañeros de su maestro en el Limbo? La respuesta está en el reconocimiento de los ideales estéticos y espirituales de Dante, los cuales estaban mucho más allá del simple desvelo por imitar a sus contemporáneos. Por eso la referencia a la poesía de su generación es nula. Su ideal es de carácter superior porque el motivo de su poema es cantar la superioridad del Amor y la Belleza.

Como el riachuelo que después de la sequía va abriéndose paso entre la maleza que se ha adueñado de su lecho, Dante anticipa su destino en el más allá rodeado de los grandes poetas. No sólo aspira a contemplarlos inmóviles en la morada eterna. Estar junto a los cinco poetas significa acceder a su sabiduría, compartir su diálogo. El Limbo es el círculo del Infierno en el que sus moradores pueden conversar entre ellos. Otorgarles ese don es ofrecer un premio del que él mismo quería ser agraciado cuando llegara el final de la vida.

Dante, viviente que ha descendido al mundo de ultratumba, ha prefigurado su destino en el más allá situándose entre los grandes personajes. Renunciar a parecerse a sus contemporáneos y aspirar a un mundo ideal es la raíz de su existencia. Esa hazaña, difícil de ambicionar, justifica una recompensa: ser aceptado en el grupo de los grandes poetas, aquellos que ya gozan de inmortalidad, como Homero y Virgilio. Por ello nos dice que:

“(…) con amistad el rostro a mi volvieron

y mi maestro sonrió entre tanto:

y muchos más honores me rindieron,

pues el sexto fui yo en la compañía

de los sabios que allí se reunieron”.

 

La Comedia no sólo es heredera de una época, como se ha demostrado al adjudicarle valores teológicos, filosóficos y astronómicos. Es el testimonio de un individuo que abandonó su condición terrena para ir en busca de un tesoro que, no obstante el esfuerzo requerido, esconde una fortuna incalculable: la inmortalidad que el poeta logra vaticinar con sus versos.

 

 

 

Referencias

 

Alighieri, Dante (1966). De la monarquía. Traducción del Latín de Ernesto Palacio. Editorial Losada S.A. Buenos Aires.

 

--------(1972). La Divina Comedia. La Vida Nueva. Introducción y comentario de Francisco Montes de Oca. Editorial Porrúa, S.A. México.

 

--------(1978). La divina comedia. Duodécima Edición. Estudio preliminar de Jorge Luís Borges. Traducción de Cayetano Rosell. Notas de Narciso Bruzzi Costas. Editorial Cumbre, S.A. México.

 

--------(1982). Divina Comedia. Traducción de Ángel Crespo. Círculo de Lectores, S.A. Barcelona.

 

-------- (2004). Comedia. Edición bilingüe. Tres tomos. Traducción y notas de Ángel Crespo. Editorial Seix Barral, S.A. Barcelona.

 

Leonhard, Kurt (1984). Dante. Traducción de Rosa Pilar Blanco.  Salvat Editores S.A. Barcelona.

 



[1] Diario Excelsior. Marzo 5 de 1982.

[2] Borges, J.L. (1980). Siete Noches, p. 3

[3] Infierno, Canto IV, versos 8-10.

[4] Ibíd., versos 65-66

[5] Vita Nuova, XLII.

El Quijote a plazos.

Cali, 8 de septiembre de 2008

Por: Miguel Páez Caro, Director del Taller Ibagué Escribe y Cuenta


Aquí encaja la ejecución de mi oficio: desfacer fuerzas y socorrer y acudir a los miserables.

Quijote, Parte I, Capítulo XXII


1

La gente supone que las personas que gustan de los libros y la lectura viven inmersas en un idealismo. Cabe advertir que los idealismos aportan en ocasiones muchas enseñanzas. Pongo a consideración una historia sucedida en la Biblioteca Departamental del Valle, en la ciudad de Cali.

Un día cualquiera del año 2008 arribé a la biblioteca, ubicada en un sector muy concurrido de la capital vallecaucana, con el propósito de continuar mis lecturas, dado que la biblioteca se hallaba cerca del apartamento en el que residía por aquella época. La biblioteca constituía un espacio privilegiado para un amante de los libros. Arribé con la intención de continuar la lectura de la colección de cuentos de Raymond Carver. Minutos después ingresó una pareja de estudiantes de colegio, muy enamorados, que empezaron a examinar los anaqueles de literatura universal. El típico merodeo de los curiosos de los libros. Iban cogidos de la mano y no le dieron importancia a las miradas reprobatorias de la asesora de la sección. Cuando se dieron por vencidos, fueron en busca de su apoyo. Desde donde me hallaba escuché la conversación.

–Necesitamos la historia de Ulises– declaró el chico. 

–¿La historia griega?– Inquirió la mujer con tono de experta.

Los chicos dudaron. Después de mirarse con extrañeza, la chica tomó la palabra. 

–La profesora dijo que de un tal Joyce. 

La mujer, un tanto confundida, señaló el computador de consultas y les indicó cómo hacer para dar con lo que deseaban. Hicieron como ella indicó. Teclearon algunos caracteres en el computador, hurgaron en los anaqueles cercanos y dieron con el objetivo. Con el libro en las manos, intentaron asegurarse de que en efecto era el famoso Ulises del que les había hablado la profesora. Se trataba de una edición en un solo volumen, con pastas color verde y letras doradas: Ulises. Al no encontrar a la bibliotecaria, buscaron mi ayuda. 

–Disculpe, señor– señaló  el muchacho, un mulato alto de cejas tupidas y un dragón tatuado en el brazo. 

Dejé el libro de Carver (casualmente un autor que había renegado de libros extensos como el Ulises de Joyce) y les confirmé su puntería. Levanté el dedo pulgar y los felicité.

La chica, muy blanca y con un piercing en la nariz y otro en la ceja izquierda, me explicó que habían escuchado algunos comentarios. 

–Nos dijeron que es una de las mejores novelas del siglo veinte y que el protagonista se caracteriza por comer riñones asados en la tasa del baño. 

El aspecto de la chica era el de una roquera, asunto que en una ciudad como Cali ya es de por sí un acto cargado de heterodoxia. No tenía cara de mentir. Su curiosidad era sincera y respondía al deseo de escudriñar algo que consideraba exótico. 

Aunque no creo haber aclarado las dudas del par de chicos, la anécdota me sirvió para recordar las palabras de un amigo: “Cuando el asunto es de gusto y te encuentras con un libro que no es de tu total agrado desde el comienzo o que tienes una pobre referencia de él, lo mejor es intentar leer algún capítulo, así no sea el primero; hay que aprender a jugarle sucio a los libros”. 

Los especialistas en lectura no comparten esta idea. Una de sus reglas es que cuando uno empieza a leer, el libro nos debe atrapar hasta la última frase. Es cierto. Hay libros que se leen de un tirón, como El último encuentro, de Sándor Marái. Cabe reconocer que ese fenómeno no se repite con todos los libros. 

Si un libro no nos despierta emoción, es mejor dejarlo. Ya llegará otro que acapare nuestro interés. Si el plan es leerlo, a pesar de que no nos seduzca, bien pueden servir ciertas tácticas. 

Aquél día en la Biblioteca Departamental del Valle, en conversación con unos muchachos a los que un libro les generaba inquietud, vislumbré lo decisivo que resulta el gusto en el hábito de la lectura. 

Antes de que los chicos siguieran sus vidas, dije dos o tres palabras sobre el Ulises intentando animarlos a la lectura y compartiendo algo de la emoción que yo había experimentado. No creo que haya sido convincente. Mi cabeza estaba puesta en identificar las razones de Carver para odiar las obras de largo aliento. La opinión de que en el gusto nadie puede interferir me sonó atrevida, pero había resultado útil.


2

El tema del gusto por la lectura parece no agotarse. Cierta mañana, antes de la clase de literatura con los estudiantes de grado décimo del Instituto San Juan Bosco de Cali, pasé por la oficina del Padre Mario Restrepo, el rector. Nuestros encuentros eran amistosos dado que compartíamos algunos gustos literarios. Antes de retirarme Mario descubrió entre mis cosas el Quijote. Me felicitó por el testimonio que daba a los jóvenes con mis gustos literarios y por el hecho de no quedarme con lo que enseñan los libros de texto. 

Tomó el libro entre sus manos: 

–Imagínate –me dijo– que el Quijote tenía el ánimo enfebrecido porque acababa de conseguir el yelmo de Mambrino. Estaba reposando en un descampado cuando se acercan por el camino doce hombres que vienen esposados y acompañados por unos guardias del Rey. Sancho le advierte que son Galeotes que van a las galeras a servir al Rey y que van forzados. Entonces el Quijote, que era defensor de la libertad, se irrita por semejante atropello y decide liberarlos. Para ello se enfrenta con los guardias hasta que logra librar a los hombres de sus cadenas.  

–Maravillosa acción– repuse.

–No creo que sea tanto así –replicó Mario–. Cuando el Quijote libera los tipos, que eran unos criminales de la peor calaña, les pide que vayan donde su amada doña Dulcinea del Toboso para contarle sus proezas, pero ellos se burlan y hay un enfrentamiento en el que el Quijote lleva la peor parte porque lo dejan mal herido. 

La narración de Mario duró pocos segundos. En ese fragmento de tiempo, además de atrapar mi atención, me dio una gran lección: las historias de los libros son asuntos que pueden decirnos muchas cosas para la vida cotidiana, pero hay que aprender a buscar y hay que aprender de los que tienen experiencia. 

Mucho tiempo después de aquella magnífica e inolvidable lección, descubrí otra enseñanza: se puede leer un libro a plazos, ya sea que empieces por el inicio o porque te adelantas a conocer el final. En el caso de la novela La vorágine la primera frase es contundente: “Antes que me hubiera apasionado por mujer alguna, jugué mi corazón al azar y me lo ganó la violencia”. El inicio es tan sugestivo que no puedes dejar de leerla. No cabe otra opción sino experimentar sus emociones paso a paso, yendo del inicio al final.

Lo mismo podría decirse de libros como la Comedia de Dante y su célebre “en mitad del camino de la vida” o de Cien años de soledad: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”

Existen otros libros que admiten una lectura fragmentada, a la manera de la célebre Rayuela de Cortázar. Lo importante, cabe reiterar, es saciar el hambre de lectura y no dejarnos vencer al primer escollo, porque quizá estamos perdiendo la oportunidad de encontrar un tesoro. Aquí cabe la frase de George Bernard Shaw en el sentido de que cuando escalas una montaña, descubres que hay montañas aún más altas por escalar. Con los libros pasa lo mismo: si logras leerlos, si logras escalar su cima, verás con más claridad el paisaje, como decía Neruda. Descubrirás que existen cimas aún más elevadas. 

Existen muchas estrategias para leer los grandes libros de la literatura. José Saramago, autor de Ensayo sobre la ceguera, publicó para una editorial española una antología anotada de Don Quijote de la Mancha, libro cuyo objetivo era iniciar a los jóvenes en la lectura de ese libro, valiéndose para ello de unir los pasajes más famosos y divertidos, así como incluir notas a pie de página, anexos y cuadros cronológicos con el fin de facilitar el acercamiento de los lectores noveles a esta obra. 

Si nos atenemos al ejemplo de Saramago, se puede afirmar que el Quijote es uno de esos libros que podemos leer de manera fragmentada. Existen manuales que explican de manera magistral las partes, capítulos y episodios del libro. Un buen lector, que sabe alimentar su gusto, puede valerse de alguno de esos manuales para acercarse al Quijote y saltarse algunos apartes, aunque lo ideal sería leerlo desde el comienzo, disfrutando cada episodio y deleitándose con la genialidad del Manco de Lepanto.

Si eres un lector al que lo asusta el tamaño del libro, la estrategia de buscar fragmentos y leerlos alternadamente puede resultar útil. Desde la perspectiva de los que ya leyeron el Quijote, el consejo también puede servir ya que permite releer aquellos episodios más llamativos y descubrir nuevas cosas, experimentar otras sensaciones. 

Lo que hizo Mario Restrepo aquella calurosa mañana caleña fue evocar un episodio que lo había marcado y que le había generado emociones invaluables, porque la experiencia de lector consiste en recrear sensaciones que perduran en el tiempo.

Ignoro si los jóvenes con los que dialogué aquel lejano día en la Biblioteca Departamental siguieron mi consejo. En lo personal reafirmé una idea que ha sido de utilidad en mí trasegar como lector y docente: cada persona inventa sus estrategias para leer, porque el hábito de la lectura puede resultar, además de satisfactorio, enriquecedor. 


Mr. Poe*

 *Cuento ganador del primero puesto en el Concurso de Cuento Corto de Manizales (Octubre de 2017) Por: Miguel Páez Caro Esta vez lo volví ...